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martes, noviembre 15, 2011

18.cinco contra uno

17MAYO2009: Tengo quince años. me masturbo. día y noche. me masturbo como el que más. Tanto que si fuera verdad lo que dicen las abuelas ya estaría ciego y tendría tantos granos rellenos de pus por la cara que no podría ni respirar. Tanto como para que al irme a dormir lo que tengo entre las piernas parezca más el mayor cordón umbilical jamás visto, que mi propia polla. Un aborto que se retuerce intentando despegarse de mi cuerpo para escapar de mis manos.

Lo hago en todos los rincones de mi casa, en la escuela, hasta en la biblioteca publica. No hay rincón de esta gris ciudad que se escape de las pequeñas partículas que salen célebremente de mi prepucio. De esta ciudad donde una vez al año todo el mundo corre para ver de nuevo los fuegos artificiales de las fiestas mayores. Donde todo el mundo fija el objetivo de sus cámaras en esas luces de colores para hacer fotos y videos que jamás volverá a ver. Imaginaos estas fotos en blanco y negro. Así son mis pajas. Cada día son las fiestas mayores de mi cuerpo. Cada día la eyaculación final.

Me masturbo como si no existiera el mañana. Cierro los ojos allí donde esté e imagino el caos. El caos y un buen par de tetas. Tetas perfectas, redondas, simétricas. Imagino sus pezones rozando sutilmente mi escroto. Unos labios carnosos los besan. Imagino un culo prieto. Tan prieto que oigo un gemido al penetrarlo y la eyaculación ya es casi inminente. Tan prieto que consigo oír el mudo grito de ella. Consigo oír el impacto de mi pubis contra sus nalgas. Entonces veo su cara aplastada contra la almohada y me corro.

Me masturbo porque la realidad me deprime. Todo empezó cuando compré un canal por cable para no volver a ver los telediarios. Harto de muerte. De hambre. De dolor. Decidí dedicar toda mi vida al amor. Al amor propio. A fortalecer la relación con mi cuerpo. A aislarme. Mis amigos son las manchas en mi ropa interior, en mis sabanas, y en mi albornoz. Mis libros no tienen más de cincuenta páginas y, entre objetos sexuales, tienen menos de doscientas palabras.

Mi madre sabe lo que hago, y dice que parezco un mono. Mi madre siente vergüenza por saber que su hijo esta encerrado cascando la banana. Pero no sabe que lo mejor de estas pajas no son las rubias, las pelirrojas, ni las morenas, si no las miradas de odio que dirigen hacia mí. La conciencia que eso me provoca, la culpabilidad. La utilización inadecuada de la masturbación no es el placer, si no la autodestrucción coetánea.

Y recordar que entre paja y paja, aun queda un hueco para llorar. Para odiar, para morir por dentro.
abril 2010 - bolígrafo sobre papel 41 x 56 cm.

1 comentarios:

la Ventana de un Parpado dijo...

me gusta y no me gusta.
Desprende represión y lastre cristiano y eso no me gusta.
Entiendo la masturbación como ailameiento de la rutina inadmisible, como atropello de la realidad social y evasión pero jamás bajo los estigmas de la verguenza.
PD.Amo masturbarme.