Llegó el día en que Joe cambió a El Principito y Peter Pan por Brad Pitt y Bruce Willis. Y es que ahora ya no quería jugar, pero quería poder elegir cuando hacerlo. Quería ser tan alto, tan guapo y tan fuerte como para que nadie volviera a darle ordenes; y quería ser lo suficiente guapo, lo suficiente alto, y lo suficiente fuerte como para gustarle a todas las chicas.
En seguida comprendió que su cuerpo no era como los de las revistas, y que la gente realmente fuerte tiene tendencia a demostrarlo y descargar su ira continuamente en gente como él. En enclenques esqueletos.
Para sobrevivir, Joe se limitó a pensar que nadie tenía derecho a dañar su orgullo, su dignidad, su carisma; de hacerle cambiar. Así que se escapó para olvidar todo lo que había aprendido y crecer por su propia cuenta. Aislado. Culto. Sin preocupaciones. Sin miedo. Sin nadie.
Cuando creció lo suficiente, se dio cuenta que el abuso de soledad le desesperaba. Enloquecido y viejo como el último de los chicles que pegó bajo la mesa de su escuela. Arrastrándose por la vida como los caracoles que mutilaba de pequeño. Tan gris. Tan paciente. Se dio cuenta que evolucionar no tiene porque ser algo positivo, que pasó toda su vida viendo pasar el tiempo para ser mayor; y que ahora cambiaria lo poco que tiene por volver a ser niño durante unas pocas horas.

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